Por Luis Alberto Luna Tobar
Pepe: mucho significado tiene tu muerte, como lo tuvo tu vida, como tu palabra y tus silencios, como tus rebeldías y tus obediencias, como tu intimidad insondable y tu entrega abierta al más necesitado. Hubo siempre en ti y queda en tu recuerdo una sorprendente pasión por lo verídico y sencillo como por el sueño y el empeño de hacer el bien, con olvido total de tu interés personal.
Pepe, ¿qué eras y qué no eras para el que se acercaba a ti? Dios lo sabe y basta. Esa fue tu respuesta frente a cuanto llegaba a tu pobreza y se iba lleno de esperanza y, sobre todo, de la seguridad de que tú no fallabas a nadie.
Tu escogiste para la publicación de una colección de tus escritos -no de todos, hay que completarla- el título de ‘Palabra y vida’. Sabíamos los que releemos con pasión lo que con más pasión viva fueron escritos tuyos, que tu palabra nacía de la más profunda intimidad. Era palabra vivida, compuesta con amor y con dolor.
Tuviste un profundo dolor de pensar, porque te erguías rebelde contra la necesidad de aprovechar el dolor de los más necesitados para sacudir la generosidad de los más capaces. Dolor de pensar en la infinitud divina desde la miseria de la pequeñez humana, que es capaz de revelar lo divino con mayor claridad que la poseída por el duro todopoderoso, confundido en sus orgullos. Dolor de pensar creyente en el constante abastecerse de citas sobrenaturales del piadoso ocasional, que le cita a Dios para perpetrar sus injusticias.
Pepe rebelde, cuánto amor y dolor tienen tus palabras, recogidas en centenares de tus artículos, cuando le llamas la atención a nuestra Iglesia sobre el evidente desequilibrio que media entre pompa y servicio comunitario. Y el comentario universal a todos tus escritos, de las primeras y las últimas horas, era un agradecimiento a Dios por tener en ti un profeta, que jamás dejó de anunciar la verdad, con el más puro amor y la más decidida valentía.
No es posible, Pepe, que tu obra quede en silencio total. Sé que la gratitud no necesita traducciones; pero no es justo que algo tan lleno de vida, como fue tu obra personal de relación con “todo el mundo”, quede en la memoria anecdótica ocasional. Tu vida y tu memoria deben ser idénticamente constructoras, vivificadoras.
Necesitamos en la Iglesia que conformamos con tanta entrega y esperanza, que surja de ella misma una fuerza renovadora, que con su palabra y su vida mantenga un nuevo estilo de convivencia creyente.
Y esa será tu verdadera memoria y nuestra auténtica respuesta agradecida con tu vida.
La vida encarnada en todo gesto y palabras tuyas recordadas con gratitud puede abrirse caminos nuevos y formar comunidades de plegaria y acción social renovadora. Los que, impulsados de sincero dolor, lamentamos la muerte de José Gómez Izquierdo esperamos experimentar su presencia en un cambio social verídico.
La figura del Padre Pepe es suficientemente efectiva como para esperar que encauce un movimiento renovador que nos libere.